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En 1964, cuando Leonora Carrington pintó Ethiops, atravesaba una serie de acontecimientos decisivos. Acababa de concluir su único mural de gran formato, El mundo mágico de los mayas (1963), realizado por encargo para el recién inaugurado Museo Nacional de Antropología. Fue un proceso largo y arduo, que implicó numerosos viajes a Chiapas y a regiones aledañas para realizar investigaciones y estudios preliminares. Sin embargo, en octubre de 1963 ocurrió una tragedia: la muerte súbita e inesperada de Remedios Varo, su amiga más cercana y colaboradora artística, cuyo hogar y estudio se encontraban en la colonia Roma. A la luz de esta pérdida, la figura majestuosa y enigmática de Ethiops puede leerse como una meditación esotérica sobre el duelo, la muerte y los procesos alquímicos de transformación y renovación.
La alquimia fue un tema que intrigó a Carrington durante muchos años, y que estudió con rigor tanto en su simbolismo como en sus aplicaciones a la práctica artística —incluso llegó a preparar sus propias pinturas con huevo, al modo de los artistas antiguos—. Compartió este interés con el surrealista Max Ernst, con quien se había involucrado románticamente en Francia a finales de la década de 1930. Su interés por la alquimia se reavivó tras su llegada a México en 1942 y fue compartida con entusiasmo con su nueva amiga española, Remedios Varo. Ethiops es una de las tres grandes obras dedicadas a la alquimia que Carrington realizó en 1964; las otras dos siendo The Burning of Giordano Bruno y The Chrysopeia of Mary the Jewess. Durante las décadas de 1950 y 1960, su pintura se tornó por momentos hacia territorios profundamente herméticos, revelando la amplitud de sus lecturas y su interpretación singular de diversas tradiciones esotéricas. Fue en estas obras donde la artista desarrolló un nuevo y distintivo estilo, que se alejaba del surrealismo canónico, pero que resultó decisivo para generaciones posteriores en busca de visiones espirituales más inclusivas.
A lo largo de la composición de Ethiops aparecen, de manera sutil, múltiples alusiones a procesos alquímicos, aunque Carrington se permitió incorporar elementos provenientes de otras filosofías y prácticas ocultistas. Por ejemplo, en un muro a la izquierda se observan runas vikingas, mientras que sobre un pilar a la derecha parece haber una talla del Hombre Verde: esos rostros folclóricos rodeados de hojas, símbolos de la naturaleza y la fertilidad, presentes en iglesias medievales europeas. De hecho, el interior cavernoso representado recuerda a una catedral medieval, con arcos ojivales góticos y una bóveda de nervaduras múltiples. A la derecha, una fila de hombres barbones vestidos con largas túnicas, refuerza el carácter eclesiástico del espacio; sus ojos cerrados y su apariencia fantasmal sugieren una cámara solemne dedicada a la contemplación.
El espacio está poblado por una multitud de criaturas caninas, sentadas como guardianes sobre columnas, talladas en procesión bajo las runas o realizando actos rituales. Se trata de los característicos híbridos humano-animales de Carrington, entre los cuales destaca una entidad negra central, a la que probablemente alude el título. Ethiops es un término arcaico de origen griego y latino que significa “rostro quemado” y que se utilizaba para designar a los pueblos de Etiopía, en la África subsahariana. Esta figura lleva una barba y una corona cónica con cruces, semejante a las que usan los sacerdotes cristianos etíopes. Sus orejas puntiagudas y su largo cabello y barba también evocan a un lamassu sumerio, esas esculturas híbridas guardianas con cabeza humana, cuerpo de toro y alas de ave. Carrington se interesó durante mucho tiempo por Mesopotamia y sus restos arqueológicos; elementos de su arquitectura y escultura aparecen dispersos a lo largo de su obra.
De manera especialmente significativa, el término “ethiops” también se utilizaba en la química histórica para referirse a ciertos minerales, como el sulfuro negro de mercurio, lo que lo vincula directamente con operaciones alquímicas. Además, por su asociación con la oscuridad, puede remitir a uno de los principales procesos de destilación alquímica, conocido como nigredo (ennegrecimiento). El nigredo constituye la primera etapa del magnum opus (la gran obra) y representa la descomposición y la putrefacción. A esta le siguen el albedo (blanqueamiento), etapa de purificación; y finalmente el rubedo (enrojecimiento), fase de integración y culminación, asociada con la creación de la Piedra Filosofal. En la psicología junguiana —campo que interesó profundamente a Carrington—, el nigredo alude de manera específica al enfrentamiento con la muerte y con la propia sombra: la confrontación con verdades incómodas que deben asumirse para posibilitar el crecimiento personal.
Esta interpretación alquímica se ve reforzada por la gran flor rosa situada en el centro, sobre la capa que viste la criatura. Se trata de la “rosa alquímica”, un motivo que Carrington incorporó en numerosas pinturas —como The Chair, Daghda Tuatha de Danaan (1955) y AB EO QUOD (1956)—, símbolo de transformación espiritual, sabiduría, amor divino y unión de los opuestos. La rosa se repite, en color azul, sobre la columna que sostiene al perro centinela dorado. En primer plano, otro canino dorado, ahora cubierto con una túnica y con un emblema solar en el pecho, parece revolver a un niño blanco dentro de una pila bautismal. Al mezclar alegremente símbolos para crear una suerte de sopa herética, Carrington transforma la pila cristiana en un alambique alquímico, recipiente utilizado en operaciones químicas. Es posible que este niño blanco represente el proceso de albedo —o bien una alusión al filius philosophorum (el niño alquímico)—, símbolo de la unión lograda de los opuestos (sol/luna, rey/reina) y, en última instancia, de la Piedra Filosofal.
La entidad alada de la esquina inferior izquierda parece observar al niño con atención. Recostada en una nube de neblina azul, recuerda a la figura del colibrí presente en su mural El mundo mágico de los mayas, otro ser híbrido vinculado, en este caso, a las leyendas mayas que Carrington conoció durante sus viajes por Chiapas. Como se mencionó antes, 1964 fue también el año en que Carrington creó la monumental The Chrysopeia of Mary the Jewess —una celebración de mujeres reales involucradas en la alquimia—, así como The Burning of Giordano Bruno —un homenaje respetuoso al alquimista italiano del siglo XVI que fue quemado en la hoguera por herejía por la Iglesia católica—. Pionera y de naturaleza atípica, Leonora Carrington comprendía bien la soledad y la valentía que se requieren para cuestionar el orden establecido y, con ello, abrir nuevas posibilidades tanto para el arte como para la humanidad.
Carrington pudo haberse interesado en esta región por motivos cabalísticos, ya que se creía que monjes etíopes resguardaban el célebre Santo de los Santos judío, el Arca de la Alianza, supuestamente conservada en la Iglesia de Santa María de Sión, en Aksum. Según la tradición etíope, el Arca fue trasladada desde el Templo de Salomón por Menelik I, hijo del rey Salomón y la reina de Saba. Carrington representó a la reina de Saba en su pintura The Temptation of St. Anthony (1947).


