


Las esculturas de Artur Lescher se organizan como un sistema de relaciones en el que la materia estructura el espacio a partir de tensiones, equilibrios y fuerzas que no siempre se hacen visibles. Cables tensados, volúmenes suspendidos y superficies que absorben o reflejan la luz configuran condiciones precisas entre peso y levedad, proximidad y distancia. Cada material responde de manera distinta a estas mismas fuerzas, generando variaciones dentro de un mismo campo. En este contexto, la percepción deja de operar únicamente sobre la forma. El cuerpo comienza a registrar las fuerzas que sostienen las obras: ajusta distancias, anticipa desplazamientos, percibe inestabilidades. La escultura se activa así no solo en lo que se ve, sino en lo que el cuerpo es capaz de sentir.
La psicoanalista y teórica brasileña Suely Rolnik introdujo el concepto de cuerpo vibrátil en Cartografía sentimental (1989), y lo ha desarrollado posteriormente en libros como Micropolítica: cartografías del deseo, un favorito personal, que escribió en colaboración con Félix Guattari. Más que una forma o una identidad, el cuerpo vibrátil nombra una capacidad: la de ser afectadx por fuerzas; ritmos, tensiones, presiones, que atraviesan el cuerpo en su relación con el entorno antes de volverse legibles o tan siquiera perceptibles.
Tomado como un punto de partida para esta exposición, el término Cuerpo Vibrátil permite situar la obra de Artur Lescher (São Paulo, 1962) de manera precisa: no como un conjunto de objetos, sino como un sistema de relaciones en el que la materia organiza el espacio a partir de fuerzas que no siempre se hacen evidentes.
En Lescher, la idea de cuerpo vibrátil se desplaza del ámbito subjetivo al material. Ya no es únicamente el cuerpo que siente, sino el campo de resonancia que se produce entre la materia, el espacio y nuestra percepción. Cables tensados, volúmenes suspendidos, superficies reflectivas o absorbentes, elementos en aparente quietud que sin embargo contienen energía latente, configuran un sistema en el que cada parte existe en relación con otra. Nada está completamente fijo, todo se sostiene en un balance preciso de fuerzas.
Cada pieza introduce una variación en ese sistema. El aluminio y el acero trazan líneas de tensión casi inmateriales; el bronce condensa la vibración en una presencia más densa; la obsidiana absorbe la luz; la madera introduce una relación más orgánica con la forma, el peso y la superficie. No se trata de una diversidad de materiales, sino de una multiplicidad de comportamientos frente a las mismas condiciones: gravedad, tensión, equilibrio.
Las obras establecen condiciones específicas de relación: entre peso y suspensión, entre proximidad y distancia, entre continuidad y corte. No representan movimiento, pero dependen de él como posibilidad constante. Lo que se presenta es un estado de tensión y vibración sostenida.
En ese contexto, la percepción deja de operar únicamente sobre la forma y comienza a ajustarse a esas condiciones. Nuestro cuerpo no solo observa: calibra distancias, anticipa desplazamientos, registra inestabilidades. Es en ese ajuste donde la noción de cuerpo vibrátil vuelve a operar con precisión: la de un cuerpo que, al entrar en relación con estas estructuras, se ve afectado por las fuerzas que las sostienen.
La tensión, el peso y el equilibrio, aunque no siempre visibles, se vuelven perceptibles en la medida en que el propio cuerpo los registra. En ese punto, la percepción deja de organizarse solo desde la forma y se ajusta a las fuerzas que sostienen las obras.
— Agustina Ferreyra
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